oraculo

2012-11-17

A qué palo te arrimas, poesía de melquiades, en la cueva de zorro Lima Perú



Naranja amarillo

Esas tres palabras con que me subyugas a tu lado,
a tus pesadillas de medio día, a tus estertores de mediopelo y más abajo.
A tus caderas exprimidas por tus tiempos de media noche
con lucecitas led, de ojos irritados por tus alergias y emociones matutinas.

Sin esperas,
sin colación en las penumbras de las nieblas lechosas
que se van escurriendo por tus costillas,
y por el surco formado
guiados por mis dedos,
que divide en dos tu espalda,
río seco a punto de ser humedecido por la promesa de un sudor esperado.

Con tus equivocaciones de siempre,
repetitiva como gotas que mojan tus zapatitos de charol rayado
en medio de los emplastos que vas dejando atrás.
Tomaré en cuenta que me demoraré cinco minutos en darte el alcance,
que tus pies ágiles o ligeros no me dan chance a tomarte
con tres cubos de hielo y cinco gotas de limón.

Me tienes complaciente al llamado de ser negado tres veces antes que anochezca
para dar rienda libre a los que despiertas antes del cantar del gallo
y después de los aullidos de loba sin luna llena, alunada
y me dormita en el sudor que traspasa mis almohadas
humectadas de tanto pensar sin soñar, sin remordimientos ni escrúpulos
de esos deseos de amor de manos en lejanía.

Me avinagras de cuando en cuando mientras las noches
que se te revelan en la serpiente que sube el árbol de tus piernas
y devora una a una las penurias que nunca te desvelan
pero carcomen tus virtudes.

Eres el pleonasmo de lo ideal,
de lo inesperado,
no eres imposible, preciosa, eres inevitable,
envuelta, deglutida y ensalivada por razones sin cuatro sentidos
y te queda el tacto sin tino, el contacto sin son ni ton,
de tus pechos apuntalados en mi espalda y tus dedos en mis vellos sin pecho
y el ronquido del eco que rebota en tu cerebro.

Y la noche se va yendo en azul prístino y llegando en naranja amarillo.



Te extraño

Extraño tu modo tan formal de vestir
también la huachafería de tus días rojos con tus blusas atigradas.
Extraño, como no, ese olorcito que tiene tu cuello sin perfumes
más que los estrógenos que me lograban una constante media erección por todo el día.
Tus gemidos de gata reprimida en cuerpo de yegua necesitada de jinete
que nunca supe espolear.
Tu trote, tu coz a las tres am, en tu ebriedad de dos catedrales y a cuatro patas.
Como te extraño carajo.
La dulzura de tus pezones grandes y acocotados como toffees.
Tus nalgas sopesadas en tangas de algodón barato de elásticos vencidos.
El alcohol tenía esa cualidad mórbida de translucirte las carnes y mostrarte tal cual,
como la grasa al papel que descubre una hamburguesa,
como el agua a los polos blancos que usabas después de las duchas a las seis de la mañana,
ese momento mágico en que la luz entraba por las persianas
y te iluminaba como a un ángel pero sólo por cinco escasos minutos,
mientras enfundabas tus pieles cremosas de treintañera
en esos jeans ajustados que tan bien te marcaban la línea del hilo dental
que solía oler por horas después que llegabas a cenar.
Extraño, incluso, tu modo tan informal de no quererme.

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