oráculo

8.4.10

ENFASIS , REVISTA DE REFLEXIONES Y DEBATES , IDENTIDADES EN CONFLICTO, EN LA CUEVA DEL ZORRO LIMA PERÚ




IDENTIDADES EN CONFLICTO

Clara Rojas



La discusión sobre discriminación abre una etapa saludable para encontrar caminos de reconciliación por integrar la diversidad que nos puebla. Mientras haya poblaciones sumidas en el más absoluto abandono no habrá desarrollo. Desde la fundación del Perú como nación, las fracturas sociales se han ahondado produciéndose formas cada vez más sofisticadas de segregación. La más impactante es aquella aplicada contra los pueblos originarios por los medios de comunicación que lo sepultan a pequeñas dosis regionales. Los pueblos originarios no son considerados fuentes o público objetivo. El marketing lo identifica de E para abajo. Poco seductor. En un conflicto, las fuentes serán los policías, autoridades o empresarios. A ellos se acude, al final si no hay más remedio. Hacen noticia cuando el nivel de violencia rebasó los límites. O sea alcanzó a los blancos. Nuestras identidades viven en permanente conflicto en este territorio diverso.
Los medios de comunicación alimentan un imaginario discriminador que se traduce en prácticas, representaciones y discursos de menosprecio. Su modo simbólico de representarse es la negación de su existencia. No fue noticia la masacre de 75 mil peruanos andinos y amazónicos. No se da crédito a tal cifra aunque los testimonios y las pruebas abunden. La historia se repite en círculos de violencia, lo ocurrido en Bagua se ha repetido en Huancabamba poco después. Según el psicoanalista Jorge Bruce, debajo de esta negación subyace el deseo de exterminio. Con la visión homogenizadora del progreso, se los engloba entre los 13 millones más pobres del Perú. Así desaparecen las diferencias y el reclamo de país multicultural solo es una frase más.
Las visiones hegemónicas subordinan a los originarios colocándolos en un plano de menores de edad, a quienes hay que proteger de su propia ignorancia. Esta visión se traslada a los medios, desapareciéndolos como naciones, como culturas; existen como parte del folclor nacional, pero no como cultura, lo que hace ilegible el país para los periodistas que no pueden comprender sus prácticas, especialmente en las elecciones, cuando se pronuncian por opciones contrarias, y se los cerca en conceptos ajenos llamados antisistema. Es la forma más cómoda de simplificar su reclamo por representación.
El sistema democrático existente los somete a carencias educativas, de salud, de viviendas, de justicia. Impide el acceso a los medios educativos con reglas burocráticas que se convierten en paredes difíciles de saltar.
¿Cómo escribiría sobre la Amazonía un achuar, un shipibo de Ucayali o un asháninka de la selva central? ¿Cómo escribiría sobre el Lago Titicaca un aymara; o, sobre la historia, un quechua?
Un awajún acostumbrado históricamente a los cambios de curso de los ríos amazónicos, seguramente no pondría énfasis en su desborde, como ocurre desde Lima, donde la dan como noticia de primera plana, porque es el comportamiento natural de los ríos: cambian de curso constantemente. En ello se fundamenta su costumbre nómada. La inundación renueva las tierras preparándolas para una próxima etapa de siembra. Ellos saben que deben moverse. Son periodos largos desconocidos por los colonos que levantan sus casas en este curso y son víctimas de sus propias ignorancias. Pero estos son más visibles para los medios en quienes concentran su atención. Así surgen nuevas formas de invisibilizarlos.
La invisibilidad de la Amazonía es más profunda por la dificultad geográfica y la incomprensión de sus culturas. Muy contadas veces hacen noticia, cuando salen están relacionadas con violencia. Es la imagen de lo abyecto, lo sedicioso. Aquello que no debe conmover al someterlo con violencia como está ocurriendo. Ser un awajún es peligroso ahora. El estigma de lo ocurrido el 5 de junio los persigue convirtiéndolos en una amenaza pública.
En cuanto a lo andino. La “Chola Jacinta” representa para el mundo criollo la imagen andina con toda su carga ideológica. No extraña que, siendo inconsciente esta creación, el mismo autor del personaje no entienda en dónde radica la ofensa. No entienden, él y muchos como él, que detrás de esa figura grotesca, desmuelada y fea existe una concepción sobre la mujer andina. Incapaz de encontrar belleza en ella, la visión de sus autores y de sus seguidores o promotores, tamiza en la imagen devastada de la pobreza, la misera total, un hedor discriminador, violento. Por ello vuelve la paisana Jacinta a las pantallas más fuerte que nunca a abochornarnos con sus sandeces, descalificándola. Cómo entonces denostar como alienados a aquellos originarios que luchan por blanquearse, por ser más incas que indios. Con la crueldad como se les escenifica, no les queda otro camino que buscar la dignidad perdida por donde puedan.
Felizmente que el otro bodrio agresivo, ofensivo, el negro mama, fue sacado de la pantalla. Ello gracias a la férrea batalla librada por Mónica Carrillo, bella exponente del mundo afrodescendiente.
Los indígenas como habitantes originarios le dan el carácter a nuestro país. Son la base de identidad que nos distingue en el mundo al ser considerados un pueblo afectuoso. El reconocimiento de ello es un avance que indica un cambio de mentalidad.

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