oraculo

2007-12-24

colmillo

METÁFORA.

Las metáforas son eficientes en la medida en que se alejan del objeto a que aluden. La más cercana es la no-metáfora, la simple reproducción del objeto: “El pájaro es como el pájaro” es, desde luego, una proposición correctísima, hasta el punto que es inservible. La identidad da un efecto cero.

La metáfora es útil precisamente porque representa algo distinto. Pero no totalmente distinto; lo que quiere decir que hay un núcleo común, hundido y oculto por los atributos exteriores; y tanto más alejada es la metáfora, menor es el número de atributos comunes y más profundo es, por lo tanto, el núcleo idéntico. De ahí ese poder de alcanzar esencias profundas que tiene la poesía.

La metáfora es, quizá, un aspecto de la tendencia a identificar bajo la diversidad y tiende, en consecuencia, a la indiferencia y a la inmovilidad absoluta, puesto que el tiempo se revela por los cambios.

En la ciencia, esta tendencia metafórica se manifiesta en los principios de la causalidad y, sobre todo, en los de conservación de la masa y de la energía; ya los griegos se plantearon el problema de la permanencia de la sustancia primordial por debajo del continuo mudar de los acontecimientos. El fuego de Heráclito es la metáfora del Universo entero.

Se ha argumentado repetidas veces que la metáfora tiene un valor psicológico, que actúa por deslumbramiento. Me parece, más bien, que tiene un valor ontológico, que actúa por alumbramiento de los estratos más profundos de la realidad.

MÉTODO CIENTÍFICO.

La escuela de Aristóteles hacía ciencia de la siguiente manera:

Los planetas son eternos.

Su movimiento debe ser, por lo tanto, eterno.

El único movimiento eterno es el circular.

Por consiguiente, los planetas se mueven en círculos.

Esto parece irreprochable. No se ve, sin embargo, por qué no aceptar directamente la conclusión, en vez de partir de una proposición que es bastante dudosa.

Con el método silogístico se cree averiguar verdades nuevas, cuando en el fondo tales verdades están ya contenidas en las premisas que se aceptan alegremente; de este modo todo se convierte en una tautología. Una de las críticas más agudas del método puede leerse en The Problems of Philosophy, de Bertrand Russell, al analizar el silogismo clásico:

Todos los hombres son mortales; Sócrates es hombre; luego, Sócrates es mortal.

“En este caso —dice Russell— lo que conocemos más allá de toda duda razonable es que ciertos hombres A, B, C, eran mortales, puesto que realmente han muerto. Si Sócrates es uno de estos hombres, es absurdo el rodeo de ‘todos los hombres son mortales’, para llegar a la conclusión de que probablemente Sócrates es mortal. Si Sócrates no es uno de los hombres sobre los cuales se funda nuestra inducción, mejor será que vayamos directamente de nuestros A, B, C, a Sócrates, en vez de dar la vuelta por la proposición general todos los hombres son mortales. Pues la probabilidad de que Sócrates sea mortal es mayor, según nuestros datos, que la probabilidad de que todos los hombres sean mortales. (Esto es evidente, pues si todos los hombres son mortales, Sócrates lo es también; pero si Sócrates es mortal, no se sigue que todos los hombres deban ser mortales.) Por consiguiente, alcanzaremos la conclusión de que Sócrates es mortal con una mayor aproximación de certeza si hacemos un razonamiento puramente inductivo que si pasamos por todos los hombres son mortales y usamos de la deducción.”

Las fallas de este procedimiento habían sido vistas en la época de Bacon por mucha gente, no sólo por el Lord Canciller de la Corona; y por otra parte el método inductivo por sí solo no era capaz de superar ese estado de cosas. No se ve, pues, la razón para que algunos adjudiquen a Bacon el título de “padre de la ciencia moderna”, que corresponde a Galileo.

El físico italiano se dio cuenta de que la mera inducción no podía constituir el método de la ciencia. Por el contrario, si bien parte de la experiencia, se pone en guardia contra el fetichismo empirista que lleva a menudo a conclusiones equivocadas. Al fin de cuentas, era justamente la observación la que había llevado a los aristotélicos a creer en la rotación del Sol y en el principio de la fuerza permanente, dos grandes errores. Galileo indaga las leyes naturales superando las malas observaciones, los hechos empíricos en bruto, por medio del pensamiento. La razón, manejada con prudencia, le permite llegar mucho más allá de la apariencia sensible, que tienta al error. Esto es, verdaderamente, el método científico.

POESÍA PURA.

Algunos opinan que en la poesía pura no deben intervenir elementos didácticos; otros han prohibido los elementos filosóficos, políticos, raciales, científicos; otros, los valores musicales, como el ritmo y la rima. Sería bueno escribir un poema purificado según todas estas recomendaciones: no quedaría nada.

Se cree que el problema de la poesía pura es un gran problema porque es interminable, olvidando que también eran interminables las disputas medievales sobre cuántos granos de trigo forman un montón. En realidad, los logísticos modernos dirían que tanto uno como otro son seudoproblemas de definición: dada una definición se termina la disputa, que simplemente se debe a que cada uno habla de algo diferente.

En general, todos los conceptos en que entra la palabra pura, son sospechosos de escolasticismo: poesía pura, raza pura, música pura. Propongo la siguiente definición: poesía pura es toda poesía exenta de impureza. Puede parecer irritante, pero hay que reconocer que es irrebatible.

Bajo el sol de la Quebrada de

Humahuaca,

testigo callado de luchas y matanzas,

el Río Grande serpentea como mercurio

brillante.

Ejércitos del Inca,

caravanas de cautivos,

columnas de conquistadores,

caballerías patriotas.

Para arriba, para abajo...

Y luego noches de silencio mineral,

en que vuelve a sentirse

el solo murmullo del Río Grande,

imponiéndose —lenta pero seguramente—

sobre los sangrientos, pero ¡tan

transitorios!

combates entre los hombres

poesia

¡Mira! Las palabras inocentes me han

rejuvenecido al fin

y como en otro tiempo las lágrimas brotan

de mis ojos.

Y recuerdo los días hace mucho pasados

y la tierra nativa vuelve a alegrar de nuevo

mi alma solitaria

y la casa donde crecí un día con tus

bendiciones,

donde, alimentado con amor, muy pronto

creció el niño.

Ah, cuántas veces pensé que yo te

reconfortaría

Cuando a mí mismo me veía obrar a lo

lejos sobre el vasto mundo.

Mucho intenté y soñé, y me he llagado el

pecho

a fuerza de luchar, pero haréis que yo sane

¡queridos míos! Y aprenderé a vivir como

tú, Madre, mucho tiempo;

es piadosa y tranquila la vejez..

Vendré a ti: bendice ahora a tu nieto una

vez más,

Que, así, el hombre mantenga lo que de

niño prometió.

Hölderlin

¡

Son los expulsados, los proscriptos, los ultrajados, los despojados de su patria y de su terruño, los empujados con brutalidad a las simas más hondas. Ahí es donde están los catecúmenos de hoy.

E. Jünger


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