oraculo

2012-10-29

MARÍA EVA DUARTE Libro: En nombre de sus nombres Capítulo: Nombres en los eclipses (mujeres argentinas) desde la cueva del zorro Lima Perú




MARÍA EVA DUARTE
Libro: En nombre de sus nombres
Capítulo: Nombres en los eclipses (mujeres argentinas)

Mientras la mayoría del pueblo la llora con desconsuelo, en algunas paredes de los barrios aristocráticos alguien escribe: “Viva el cáncer”. Tenía 33 años.
Buenos Aires/Argentina (1952)

Encarcelada adentro de mis pieles,
el alma se debate entre las llagas
que saquearon su cuerpo,
a pura furia,
en estas coordenadas del silencio
donde sucede el tiempo en espirales
y la agonía duele todavía.
Aunque el fétido aliento de la muerte
ya no rompa,
con uñas amarillas,
los baluartes del útero infecundo
donde engendrara el cáncer su paisaje.
Soy
apenas
la máscara de la hembra
que odiaron los señores biencomidos
desde lo más profundo de sus vísceras.
Soy Evita,
la intrusa resentida,
la virtuosa,
la puta,
la arrogante;
la que mantuvo un odio apasionado
por los olvidos,
por las injusticias.
Y alzó una represalia en torbellino
que consumió sus días
y sus noches
y el desleal desenfreno de su sangre.
Desterrándola al hondo cautiverio
de una perpetuidad inconmovible
donde habrán de golpearla,
mutilarla,
temerle hasta el espanto y la locura.
Condenarla a un atroz peregrinaje
al que será entregada por bastarda,
por hija de la chusma,
por fanática,
por conducir legiones desdentadas
hacia la dignidad que les adeuda
la rapiña legal de los farsantes.
Soy Evita,
la madre irrespetuosa,
la que no consintió con su destino
de sirvienta,
operaria,
costurera,
discreto pasatiempo de señores
en alguna evasión de mediatarde.
Y se jugó la vida
a todo o nada.
Porque tuvo el coraje,
la fiereza,
la razón, el arrojo, los ovarios
para parar el juego
y dar de nuevo.
A pesar del agravio interminable.

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2012-10-13

Un Homenaje al poeta Peruano Antonio Cisneros, desde la cueva de zorro Lima Perú

 Antonio Cisneros
 Campoy, foto de Karen Zarate, archivo del diario peruano:
El Comercio Fuente: Imagen tomada de, el comercio.


Taberna

En las tinieblas los cuerpos envejecen
sin que nadie repare en el escándalo.
Un rostro amable y terso se confunde
con los belfos que van hacia la muerte.

Por eso somos hijos de la noche
a la puerta del templo. Un lamparín

es también el anuncio de reposo
para los cazadores extenuados.

Una taberna, por ejemplo, es en la noche
el frontispicio de las maravillas.

O al menos una luz en las colinas
donde rondan los perros salvajes.

Nadie teme a la muerte adormecido
en su mesa de palo y sin embargo

entre los altos vasos apacibles
se enfría el corazón con la insolencia

(y el encanto tal vez) de un tigre adulto
en la plaza del pueblo a pleno día.

Ninguna confidencia en verdad nos degüella.
Ni la risa recuerda a un jabalí

de pelambre dorada y fino precio.
El páncreas es un campo de ciruelas.
Los diablos apagan la linterna.
Aguardan (como suelen) donde cesa la luz.



De: Propios como ajenos
Antología personal
Editorial Inca, Lima, Perú 1989


2012-10-07

Gloria Dávila Espinoza, Huánuco 1961 (Perú).Desde la cueva del zorro Lima Perú





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* Gloria Dávila Espinoza, Huánuco 1961 (Perú). Es ponente internacional, maestra, poetisa, narradora, promotora cultural, y activista indígena. Políglota: Alemán, portugués, inglés, quechua y castellano. Con estudios de Doctorado en Ciencias de la Educación.  Traducida al alemán, inglés, portugués, catalán, rumano y francés.  Tiene publicado 6 libros: Redobles de Kesh, Kantos de Ishpingo, La firma, Danza de la Noche, El hijo de Gregorio Samsa, y La casa del demonio. Ha viajado por Europa, América y Centroamérica y recientemente ha sido invitada a Korea del Sur. Ha sido premiada, dentro y fuera de su país, y forma parte de innumerables antologías en medio oriente, Europa, América y Centroamérica.




** Ganadora de una Mención de Honor en el I Concurso Internacional de Poesía "Rumbo a Grito de Mujer" organizado por Diablos Azules y MPI.
 
 

Letanías de una sombra

Sé de la penumbra en vuelos y hielos pétreo
que escarban en gritos, a mis carnes, a sus huesos
y en su sed de zarpar, los vientos,
atizan su magma; en odios,
y cuando epitafios se escriben en mi nombre
anzo, conmigo y todos mis demonios,
después de tanto más no poder,
canto en silencios sepulcrales,
en donde nudos de sierpes
son falanges llamando
a mis almas todas

y en razonamientos y teorías
de Empédocles, escrutan mi muerte.
Soy polvo del desierto,
frágil espécimen,
desteñida sonrisa,
mientras en tu exilio disparo al sol
el borde de mis abismos en vorágines y fauces
al verme exhalando mis esencias
cual desnudas mariposas
sin alas ni pigmentos.
Y, después de berrear al hartazgo;
soy el fuego que perfila en el nombre
de las sombras del mar
que como ecos en sus rocas perdidas,
vuelven sus miradas extasiadas para ser
el agua, el fuego, el aire de Anaxímedes.
y la tierra por donde escudan mis lenguas.
Escribo en mis ojos, los mares
que jamás anudan calzados

porque aquellas no la cubren, en tanto
mis clavos y maderos en pies y sus olas
son talladas rosas de verano
y a pesar que ella no sabe nada de nada, y
desiertos irrumpen tragedias,
mi patria es el río.
Apenas habito lo inhabitable,
me lanzo hiriendo silencios,
en donde soy acordeones en piel,
en las que descubro que no hay edad sin embriaguez
y sin más muertes que las mías,
mientras visto de cenizas
fagocitando esquinas
mis plumas acuáticas, se erigen.
Por manías de saberme abismos
pervivo en su tiempo
como popa de un barco
zarpando en un tren de sierpes
como escudo,
en donde mi espuma
es logia negr
y sus mantos,

fauces gritando a sus piedras…
¡Piedad…!
Ten piedad por mí...
Y aún al borde del miedo, que escupe la roca,
el amor devasta su antorcha
ésa que me erige en su grito; en ese mismo grito
en el que la noche inunda sus pasos
para hundir su daga en mi alma
al filo de mi coraza.
Dormito en mi garganta
y la rosa erosiona mi nombre hasta el morir;
la noche astilla mi rostro, para darme espejos de Ichic Ollgos.
Mi música es:
canto de cuervos y alacranes al rojo vivo,
trashumantes anquilosando sus iris;
fluyendo como germen del caos
en los odios que se escriben en mi piel
como epígrafes en su elixir.
No hay gruta cerrada
ni llaves en caminos,
el mundo escribe su epitafio
con mi nombre por vez nona.
Te debo todo lo que soy:
hiel,
musgo,
ciénaga
estío en fuegos fríos
piedra laja
acantilados;
y al final de mi voz
en donde el péndulo es sicario
aún mi sangrar no sea mar
sino roca menuda en su aorta
me oirás caer, y gritaré con el tiempo
como espuma en orillas de monzones.
Sé de la penumbra en vuelos,
de espuelas y hielos pétreos
vientres pañuelos
en donde el tallo es su voz en eclipses
mis ojos sus piedras,
mis manos sus ríos
y en tanto su eje no sea el mundo
no habré parido mil veces en sábados, la sed de mis caminos…

Tú dirás... mejor así…,
porque la rosa será en su cáliz
piedra feroz cargada a su pez,
rostro iluminado en pellejos viejos,
corazón de pumas en águilas rapaces;
y por fin , el perdón de penumbras
en pensamientos infinitesimales,
en donde el Céfiro en memorias de una fábula antigua,
sea hervidero apocalíptico
de espada blindada en siete cabezas girando.

Tingo maría, 26 de julio de 2011 (Perú)
© Gloria Dávila Espinoza
Del Libro: Miriabilias (poemario inédito)



Los ojos de la serpiente

Los ojos de la serpiente
me miran
y desde su oculta guarida,
gritan
como
en un

l a b e r i n t o.

muerden:

sus pies,
sus manos,
y cantan
como
rompiendo
e l t i e m p o.
aprisionan:
mis brazos
y piernas
y lenguas
y cabellos,
y piden garfios para mi alma
que hoy son dos amplios mares
que se arrastran
tras un cíclope de barro
para lamerme
l a h e r i d a.


© Gloria Dávila Espinoza
Del libro “Danza de la noche”, Arteidea Editores, Lima Perú
 
 
Diablos Azules  2010

2012-10-04

Flora Alejandra Pizarnik, "Salvación" desde la cueva del zorro Lima, Perú





Salvación


Se fuga la isla.
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta.
Ahora
es el fuego sometido.
Ahora
es la carne
..la hoja
..la piedra
perdidas en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilización
que purifica la caída de la noche.
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.

Flora Alejandra Pizarnik