oraculo

2012-09-14

El poeta José Watanabe entrevista a la artista plástica Tilsa Tsuchiya. Desde la cueva del zorro



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UNO

Se sienta en el piso de la galería desierta,
se abraza las rodillas, contempla
cada uno de sus lienzos (meses
de pinceladas menudas vueltas a cubrir
por otras pinceladas menudas),
me pregunta ansiosa y aterrada: ¿y ahora
que voy a pintar?
No estaba vacía,
sólo se había cerrado por un momento
la región donde la realidad oscila
entre lo arcaico y la utopía, entre
el pasado remoto y el futuro deseado.
En los lienzos estaban los personajes
no conocidos, pero tampoco desconocidos.
No le dije:
Hay cosas conocidas y cosas desconocidas,
en medio
se encuentran The Doors (Jim Morrison)
Ella dijo: no soy onírica. ¿Has ido
a las Lomas de Lachay en invierno? Las rocas
y los árboles, entre la neblina, parecen salir
de tu cabeza dormida, pero puedes golpearte
contra una piedra y sangrar de verdad, puedes
trepar a los árboles
y abrazar con las piernas
las ramas desnudas,
y nada es de sueño.
Tampoco soy arbitraria
ni caprichosa ni odiosamente intelectual:
no soy surrealista entonces. Me desvelo
por pintar la realidad que uno puede alcanzar.
La realidad es lo que uno puede alcanzar
o imaginar.
Vámonos, ya se acabaron las filiaciones,
vámonos
que el guardián está impaciente por cerrar.


DOS

Riega helechos
en el pequeño patio soleado, con cielo
de una esfera más optimista. De pronto dice:
¿por qué asocian sordidez con inteligencia?
He visto estudiantes de arte
dibujando carne sin pellejo, carne
viva, a lo Bacon, y creyendo
que van a entregar
la gran revelación:
nuestro centro es así, revulsivo – dicen.
Debe ser la inocencia
o el mal perfume que han dejado los viejos.
Ninguna esperanza de artista debe ser fácil.
Yo prefiero el arte
que escamotea el dolor.
Nunca lo olvides -dijo Kobayashi Issa-
paseamos encima del infierno
contemplando las flores.
Hay que pintar con dura alegría las flores
y todo lo que esté encima de ellas.
Helechos, sólo riega helechos porque
dice que son
de la edad primaria de la tierra.


TRES

Entré en el cobertizo
buscando herramientas: el agua había rebasado
la acequia de los manzanos.
En la luz moteada vi viejas imitaciones de Miró
en cartones, estudios
como secretos abandonados
que algunas gallinas ensuciaban.
Sí, Miró estaba en mis figuras del ’68:
personajes planos como láminas
en fondos profundos y espaciales.
Un día empezaron a pedirle carne,
volumen, redondeces. Esa fue la exigencia
que oía, el ruego:
encárnanos hasta la voluptuosidad.
Nunca cesaron de pedirme cuerpo
para la alegría
y, muchas veces, para la solar y limpia
lujuria.
La lujuria de la gente, de mis vecinos,
es como la de los monos, te digo:
muy chirriante.
Debería ser así (y señala a sus amantes
de cuerpo pleno, Tristán e Isolda) así,
como ellos, casi dioses.
Ellos no son felices en la exaltación
sino en lo ceremonial, en el goce
despacioso
e interminable.


CUATRO

Desde el balcón de su casa
contempla una venta: pescados
en canastones de carrizo.
Si miras un pez
ya es un pez subjetivo, ya es de tu alma
donde muta rápidamente:
se hace rojo, adquiere forma
sospechosa
y al final en mi lienzo es
cabalgadura
del deseo.
He visto todo
y todo está allí, en mis amados personajes
y bestezuelas.
Desde el balcón ningún pescadito
era lúbrico, dice riéndose
mientras el pescado objetivo
se dora en la sartén.


 Publicado en Libros & Artes. Lima, 2002.

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