oráculo

27.1.11

Podrán lanzarte toda la lenguas, escupida de un sistema, Homenaje a Jose Maria Arguedas por Roger García Clavo Lima Perú





BRAMANDO COMO

EL RÍO

A José María Arguedas Altamirano

ROGER GARCÍA CLAVO

PERÚ – 2011

I

Podrán lanzarte todas las lenguas


escupidas de un sistema;


hasta hacernos recordar tu niñez de pongo


consolado por los árboles


a la orilla del río.


Río que brama como hombre herido,


como animalillo sin dueño


o pequeño a la hora de la cocina,


que alrededor de las cenizas


va encendiendo con lo que quedaba del pan,


el amor al Pueblo;





II




Con tus llanquis híbridos


en el barro que nos dejaron,


ibas escribiendo las ideas,


madres de tu llanto,


del campesino y del pescador.


Tu queja de becerro,


zurriado por el Cutu


dura más de cien años en nuestros corazones,


más de lo que las causas


esperan de las flores del jardín


que nunca te pertenecieron.


Pero a escondidas


ahí cerca del río


entre los maizales y papales


ha quedado tu escritura como un cause,


como un jardín de horizontes


para tus hermanos


de danza


y consternación.



III



José María


viajaste tanto


para definir la frescura del campo


pisoteado y empañado a más de un siglo;


metáfora de todo éxodo,


de toda peste innatural


a la hora del sueño


o de la muerte.


En ese transe


fuiste contra la sombra


a la hora de la claridad,


y caminando


contra la esclavitud de la sonrisa


llegaste a la galera, al Sexto,


donde las ratas seguramente


tuvieron mejor privilegio


que la libertad.


El frío, José María,


pasó el número de tus manos


sobre tu frente de hombre


originario de los hombres


hasta consultar con los dioses


tu rabia y tu amor por el gavilán.





IV



José María


en nuestro corazones


permanece la ilusión de un pueblo embellecido


que tú soñaste;


está insistente con la danza de los árboles


macheteados y esculpidos


que tú un día sembraste


echando al despeñadero


los nidos del gallinazo,


con todo lo humillado.


Cómo habrás festejado


al momento de ver el cielo ennegrecido


sobre la cabeza del cacique,


pidiendo casi de rodillas, casi religioso,


que le parta un rayo


desde su corona


hasta las entrañas ultrajantes


de los necesitados.


Cómo habrás esperado la última luz


para maniatar el pan con tu lengua


y repartirle entre las trenzas jaloneadas


a la hora del afonía de las yerbas


y del grito innecesario.





ghui V



Estamos recordando tu voz


casi quebrada con el yaraví y la quena.


Estamos mirando tu rostro definitivo


para que en el momento indicado


alcemos el puño tempestuoso


y defender la frescura de una historia


aplazada entre las piedras y el río.


Estamos viendo el color de tus ropajes


a la hora de la fiesta,


a la hora de tu llanto con las estrellas


y a la hora de tu amor por la mujer y la tierra.


Estamos hablando de tus ideas


y de tus hermanos;


de aquellos que bajaron como cóndores


para sangrar el lomo del caballo.


Estamos aquí palanqueando nuevamente


la utopía de los pájaros


para escapar del hambre


y volar sobre los caminos,


sobre los ríos y el mar.


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VI




Bramando como el río


te afanaste a no regresar de tu llanto,


a no retroceder con tu amor y tu amargura


por nuestros corazones andeneados


de reposo e inquietud en la siembra.


Tronando como trompo te desplazaste


sobre los hombros de los niños


desponchados en el frío,


casi con los pies engranados


en la pelota de trapos;


pero también al borde de la cintura


el sollozo de tu ausencia


y el gemido de la madera.





VII



Padre Apu Mayu,


tu hijo vivió entre los hombres,


entre el colibrí y el cóndor;


danzando con la antara


debajo de los rosales


y los puentes zapateados


de adioses y euforia


al otro margen del río.


Ahí, en el pastoreo,


las rocas enmudecieron con el látigo


hasta que las mantas


más coloridas que el arcoíris


fueron tapando los cerros


con voces compuestas de esperanza.


Padre, tu fuerza de torrente


dicto a tu hijo, a tu hermano,


la canción de los corazones


que mantuvo al campo y al trigo


en el verdor y la persistencia de nuestros ojos


casi prohibidos a la gratitud de la tierra.


Pero tu bordado mandil de pájaros


hizo volar las retamas


a nuestros fogones


llenos de espera contra el agravio;


porque antes de ti,


tampoco fue fácil la vida.



VIII




Muchos no estuvimos a la hora de tu muerte,


pero nos duele la blancura de la lumbre


que habita tiritando en el vestigio


labrado por el fuego


hace más de cien y quinientos años.


Te fuiste primero,


para advertirnos


que viviste como los hombres


de chuyo y sombrero


huecos con la lluvia y los besos.


Te fuiste danzando


con el brillo de la tijera


y cortando con su acero


los cercos de nuestro pueblo,


tu pueblo atravesado


por el poco a poco de una apetencia


de sangre y suelo.






IX



Contigo aprendimos a cantar la poesía de los ríos.


Contigo los hombres tristes,


aquellos de ojotas de cuero


y carne descalabrada en la arriería y la siembra;


aquellos que amarraron su cintura


con cancha y trapos retaceados;


aquellos que quemaron su piel


en la oscuridad de las minas y sobre el frío;


aprendieron a mirar el sol,


más allá de las abras, de los pasos y desfiladeros.


Contigo aprendieron a cortar el llanto las tijeras,


allá en las lomas


y la sangre desparramada por la patria.


Nos enseñante a decir


al hombre acaballado


con el amor de los errajes y la iglesia


que Dios es un hombre danzando


gozoso del violín, el arpa y la quena.


Contigo,


hoy se eleva el clamor de la quina,


la quinua y el machete


en cualquier ciudad, casi Lima,


hasta ensartar en nuestros corazones


el agua y la sonrisa


callada en estos días.




X




José María,


nada a cambiado desde la hora


en que quitaron a tu madre de tu camino.


Ni siquiera después de tus desvelos


viste el abrigo de los cautivos,


ahora los salvos ,


aquellos zánganos que matan al ganado


con el arado entre las raíces


tampoco descifran tu obra


en el parlamento.





XI



El momento que más necesitaste


alguien te abandonó con el pretexto,


de que los bueyes se enredaron


y te dejó con los cernícalos


que comen nuestra niñez


y nuestros fantasmas


llenos de palabras


y de luz desgranada en las espaldas.


Te dejó


con el incendio de todas las sangres


junto a los quijanos,


a los matos mar,


los favre


y a los bravo bresani;


perros hambrientos de la ternura


y de los huesos sonoros de tu escritura.


Con el tiempo


la sonrisa fue el engaño de tu muerte


y de nuestro dolor

que a puntillas nos hace menoscabo.



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